Eduardo Laborda

Eduardo Laborda es para mi un cazador de sueños, de historias que pululan en su cabeza y sobre todo de colores que atrapa con el pincel para fijarlos en un enmarcado, en una tela donde la fantasía y la propia abstracción de las formas adquieren vida. El cine abre una nueva ventana para su concepción creativa, el movimiento se libera del cuadro para volverse cuento, incluso los elementos más insignificantes tienen un sentido estético que se salen de una doctrina convencional, una puerta, un río, o un muro, adquieren un significado substancial y en algunos casos turbador, son factores que se repiten y que el realizador busca con el encuadre y el uso adecuado de los planos su realce simbólico, es un cine diferente y pictórico.

Laborda nace una primavera de 1952 en Zaragoza. La pintura formará parte importante en su vida, estudia en la Escuela de Artes entre 1964 y 1971 dedicándose a ella de manera profesional desde 1972. Su pintura contiene principios para la reflexión y alegorías que asemejan esfinges y figuras pétreas envolviéndolos en paisajes fabulosos. En 1983 ve en el cine una manera diferente pero al mismo tiempo complementaria para su afán creativo. Laborda considera su experiencia cinematográfica como un juego, apreciación que no comparto porque el trabajo que desarrolla este realizador es mucho más profundo y serio como para encajarlo en una apreciación tan poco valorada. El cine de Eduardo Laborda es de una cierta contemplación donde los elementos, el vestuario y los escenarios son cómplices esenciales en sus historias, a ello se une la estética y el contenido literario, encadenando personajes y situaciones oníricas en un mundo creado y forjado con velos inquietantes.

En el desarrollo de su trabajo cinematográfico es importante destacar la colaboración que ha tenido de diferentes personas, como su compañera la pintora Iris Lázaro, o el de sus amigos Manuel M. Forega en el guión y de Cesar Sánchez en el sonido, una labor de equipo que nos ha dado títulos entre los que destacamos: Otraosteología, del año 1983, El regreso y Márgenes, las dos de 1984, Bonanza del 87, o Adorada máquina del 91. En ellos se mezcla un poco el documental, como el trabajo realizado sobre la exposición de Félix Burriel y José Bueno del año 1984, la poesía con versos de Forega para la película Márgenes, y también el misterio en El regreso. Es evidente que el trabajo de este realizador no se puede considerar como una experimentación infantil ha pesar de contradecir con ello su propia apreciación en un acto de humildad. La labor desplegada cinematográficamente es más que interesante y digna de ser proyectada de una manera más asidua.

Eduardo Laborda colabora en diferentes actividades culturales como la de editor de revistas como La avispa o Pasarela, además de ser miembro de la tertulia Perdiguer y colaborar en otros foros donde se le reclame. Una vida de actividad artística y de creación, de formas e imágenes, de sueños y colores que Laborda nos regala con un guiño cómplice mientras prepara un nuevo cuadro, o una historia con pinceladas misteriosas.

Armando Serrano

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