Santiago Chóliz

Recuerdo perfectamente las últimas tertulias del Levante a las que asistí. Yo solía ser el primero en llegar, después lo hacían Pedro Aguaviva y Santiago Chóliz. En la memoria tengo las cañas y el pepinillo con escabeche; las paredes amarillentas repletas de fotografías recogiendo momentos en la vida de la Tertulia; la mesa larga y doliente, llena de crujidos como si fuera un perpetuo dolor con las sillas de madera haciendo juego, y al fondo la escalera que subían al bar y al mundo: por ella bajarían más tarde los Javier Peña, Carlos Pallarés, Alberto Sánchez, José Manuel Fandos, etc; la preparación por parte de Pedro de la revista que entre todos desarrollábamos y que servía de comunicación entre los realizadores; sus quejas por la falta de artículos y los problemas de maquetación; el rodaje de la película de fulanito; la avería de la cámara de menganito; la preparación de la próxima muestra de cine, y las preguntas de rigor: ¿quién se encarga de los folletos? ¿quién estará en la cabina? ¿quién…? etc., etc. Recuerdo también las conversaciones que en ese ambiente tenía con Santiago, hombre educado y reservado, de pelo negro, enjuto de cuerpo y con una cierta mirada pícara. Su voz modulada adquiría una cierta viveza cuando se hablaba de cine, demostrando profundos conocimientos y conceptos claros sobre el pequeño formato. Creo que esta sería una fotografía bastante fiel de Santiago y del entorno de la Tertulia donde le conocí.

Santiago Chóliz nace en Zaragoza un 8 de noviembre de 1944. Medico de profesión, realiza su primer corto en el año 1975, un documental titulado Fiesta, género que desarrollará en sus comienzos. El cine argumental será una especie de reto que abordará de forma afortunada, con una cierta obsesión en algunas de sus películas por delinear unos personajes atrapados, atormentados por sus propios miedos a lo desconocido. Figuras llenas de simbolismos casi esotéricos que Santiago madura con especial talento. Justo es recordar entre otras sus películas Ayer soñé con Marta del año 1983, Lucía de 1985, y Danza al borde de una tela de araña del 89, filmes donde se recoge ese encuentro con lo enigmático, el misterio que no tiene respuesta y que se oculta de manera inquietante. Es destacable la labor que realiza Chóliz en sus trabajos con la cámara. La película Entornando los ojos, de 1984, es una autentica lección de sensibilidad y virtuosismo técnico, música e imagen se unen de forma espectacular creando un efecto de gran belleza. El trabajo casi alquimista que Santiago realiza con el montaje hace de este corto una autentica obra maestra. Chóliz realiza un cine variado. Entre sus primeras comedias nos encontramos, en 1981, La leyenda de Flannagan. En este corto podemos ver a todo un batallón de niños encarnando papeles de vaqueros y pistoleros, sin que falte la consabida pelea en la cantina del pueblo al más puro estilo del viejo oeste americano. La dirección de este film, con lo complicada que era, sale bastante airosa. Otra película que tiene también su singularidad es 4,3 años luz, de 1990. Este corto de ciencia-ficción constituye un trabajo de madurez, con un vasto conocimiento del lenguaje cinematográfico y de la estructura narrativa. Una historia difícil de llevar al super-8. La película cuenta la historia de una nave que se dirige a un hipotético planeta que concurre en la órbita de la estrella Rigil Kent, a 4,3 años luz y cuyo objetivo es ver las posibilidades que tiene de albergar vida para una futura colonización.

El cine de este realizador zaragozano es extenso y diverso: comedia, drama, ficción, documental, experimentación. Con una cierta preferencia al surrealismo simbólico y que se evidencia en sus últimos trabajos. Esta variedad de géneros que alterna a lo largo de su producción dan una idea de la capacidad de este cineasta que como casi todos los de su época es de formación autodidacta. Amigo de trabajar en solitario, no desdeña la colaboración con otros directores cuando se lo piden, pudiéndole ver de actor o realizando labores propias de rodaje en películas de la Tertulia. La llegada del vídeo, supuso para Santiago Chóliz la encrucijada de tomar la decisión del cambio: continuar con un cine en pequeño formato con los días contados, o entrar en una etapa diferente con el nuevo soporte que se ponía en el mercado. Me consta de las tribulaciones de Santiago y de su decisión más romántica que realista, optando por su continuidad en el super-8 mientras la circunstancias se lo permitieran.

Santiago Chóliz es uno de los grandes realizadores que ha dado Aragón, con un prestigio reconocido dentro del cine independiente de nuestro país. Cuenta con numerosos premios nacionales e internacionales y una trayectoria brillante. Me gustaría que el trabajo de este director fuera más proclive a ser proyectado, es un material que merece que se vea y que se conozca con mayor profundidad.

Armando Serrano

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